Era en abril
“…No pudo llenarse la boca de voz… apenas vació el vientre de mi dulce amor. Enorme y azul, la vida se le dio… no pudo tomarla… no pudo tomarla de tan pequeño…”
Juan Carlos Baglieto
Pedí mi ultimo café, tome una tonta servilleta, cerré mis ojos, y la gota del recuerdo comenzó a desbordar mi memoria. Dicen que la mente borra los malos recuerdos, pero en ciertos momentos estos vuelven para atormentar, aunque más no sea por algunas horas, y hacer sufrir al corazón.
Cuando uno se pone frente a frente. Cuando uno llega a conocer la indescriptible imagen del amor la belleza de las cosas simples es capaz de hacernos sonreír a cada instante; la senda de la vida va floreciendo; los días se desean interminables; las noches dejan de ser oscuras; la felicidad se vive, se siente, ya no se sueña, es realidad.
Es tan hermoso vivir el calor en el frío del recuerdo. Porque éramos fuego en volcanes de pasión, éramos uno. En realidad no se porque digo éramos, si aun somos, aun luchamos y seguimos avanzando. Somos amor, pasión, felicidad, somos casi todo, mas nunca pudimos ser tres.
A pesar de que debería estar bien, siempre, inevitablemente, tengo dos o tres implacables minutos de tristeza. Nunca podré olvidar la felicidad que sentí ese día; la realización interna fue increíble. Luego de fundirnos en el fuego del amor, logramos ver nuestro deseo hecho realidad, seriamos tres. En su vientre iba creciendo segundo a segundo, un alma nueva, tan pura, tan preciada y bella.
Comencé a soñar con esas nueve lunas de amor y belleza. Nuestra obra sería la más perfecta, tal vez tendría su belleza, mi forma de ver las cosas, su armoniosa tranquilidad, mi amor por la belleza inmaterial, su eterna paciencia, mi estúpida terquedad, sería la más bella unión de defectos y virtudes. Pero, seguramente, sería todo lo que siempre buscamos.
La espera era interminable. Nuestras lágrimas de felicidad eran mares de ilusión. Los soles continuaban naciendo en el horizonte. El día en que nuestro sol iría a nacer, se acercaba. Nuestras vidas iban a brillar al fin con su presencia. El nerviosismo iba aumentando y sus pequeños movimientos nos robaban al unísono con sus latidos todas las sonrisas que teníamos guardadas en un arcón, solo para él.
Pero las lágrimas escaparon de nuestros ojos, y esta vez no fue por felicidad. Fueron lágrimas de tristeza, pues nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras esperanzas, se truncaron en su último latido. Sin poder llegar a regalarnos su primer llanto ni su primer sonrisa, y a decir verdad, no sabes hermano lo triste que estoy, se me ha hecho duelo de trinos y sangre la voz…