El
aviador
Desde
que fui pequeño, tuve decidida mi profesión, sabia que iba a ser aviador,
quería volar, estar en el aire y ver la tierra desde arriba. Soñaba con
sentirme ave, ser libre, volar toda mi vida, vivir en el aire de mi mundo;
atravesar tormentas, fantaseaba con romper las nubes, pasar por ellas y salir
del otro lado, para saber que era lo que había mas allá de esos grandes copos
de algodón que solía ver desde el parque al que iba, tan solo, para retozar y
mirar hacia el cielo, hacia mi sueño.
Solía jugar a que estaba en el aire y debía atravesar
una tempestad y salvar a toda mi tripulación de la muerte,... mi tripulación,
dos muñecos y tres muñecas robadas a mi hermana. Fui creciendo y mi habitación
estaba empapelada por todos los aviones del mundo, colgaban los bombarderos de
mi techo, y yo, con mi eterno sueño deseaba encontrarme sobre uno de esos.
El tiempo siguió pasando implacable y entré a una
escuela para pilotos, me esforcé por ser el mejor, volaba esos aviones como
nadie, mis piruetas eran las más riesgosas del escuadrón, aunque recibí unos
cuantos retos a causa de eso, que los aviones son patrimonio de la nación, que
cuesta mucha plata y son para la defensa del país, que mi vida no valía nada,
pero un avión perdido podía causar muchas muertes y se pueden perder batallas.
Me recibí, las medallas comenzaron a colgarse en mi
pecho, era piloto de exhibición, me prometieron que nunca entraría en combate,
además, las guerras estaban lejos. Nunca voy a olvidar las sonrisas de los
niños cuando me veían bajar del avión, era como un héroe de series de
televisión, entonces comenzaba a contarles historias irreales sobre guerras y
batallas que nunca habían existido, los niños me amaban y creían que había
estado en todas las guerras del mundo, que había matado a muchos soldados
enemigos, que había derribado miles de aviones y hundido demasiados barcos.
Les gustaba escuchar historias de muerte y
destrucción, adoraban eso, y yo, como siempre sufrí soledad y nunca tuve mujer
ni hijos, sentía a esos niños como si fueran míos y los trataba cual hijos
verdaderos, siempre quise tener uno, pero mi trabajo, los viajes de un lado
para otro, nunca me permitieron enamorarme y me truncaron los sueños de formar
una familia. Un soldado de mi talla, no podía tener ningún familiar, nunca
entendí porque, pero yo no tenía familia, al igual que todos mis compañeros.
Lo recuerdo como si fuera hoy, los rumores comenzaron
a correr por el escuadrón, que una guerra había comenzado, decían que
necesitaban los mejores pilotos para hundir barcos y derribar bombarderos
enemigos. Comencé a temer que los cuentos tan fantásticos que les había contado
a esos niños se hicieran realidad; pero eso era imposible, me habían prometido
que nunca iría a combate.
En cuanto me di cuenta, estaba transportando a cientos
y cientos de niños hacia unas islas, no podía quejarme, viajaba todo el día y
descansaba tan solo dos o tres horas por día. No puedo olvidar las caras de
esos jóvenes, parecían recién salidos de una película de terror, parecía que
estaban soñando, algunos ni siquiera sabían hacia donde iban, esos rostros
asustados me daban pena; pero, por suerte yo nunca iría a combate.
Los viajes se terminaron pronto y, en lugar del avión
de carga que piloteaba, me encontré en un bombardero casi obsoleto, me
explicaron como disparar y me largaron al combate, miré mi cara al espejo entes
de mi primer viaje y vi el rostro de los jóvenes que transportaba, tenía un
temor tal que no sabia como escapar.
En mi primer vuelo estuvimos patrullando, pero de
repente, aparecieron unos puntitos negros en el horizonte, era el enemigo, se
acercaban rápidamente, cerré mis ojos y comencé a disparar, derribe algunos, lo
que me valió un gran reconocimiento. Esa noche no pude dormir, me parecía ver
una y mil veces, las imágenes de los aviones cayendo destrozados al mar. Volé
unas cuantas veces, y sentía que todas mis historias se hacían realidad; día a
día, veía los jóvenes que había traído hasta las islas, los había traído a
morir.
Cierto día salimos a hacer un vuelo de rutina, aunque
ya estabamos acostumbrados a los ataques sorpresa en esta clase de vuelos;
estaba todo tranquilo, hasta que sentí un golpe en el ala del avión, otro,
otro, el avión perdió estabilidad y me expulsé, mientras caía, vi estallar mi
avión en mil pedazos, cuando caí a tierra, algo explotó a un par de metros y un
trozo de metal me robó una de mis piernas.
Me mandaron de vuelta a casa, sin mi pierna, y con las
heridas que nunca se borrarían, por ver tal masacre inhumana, noche tras noche
soñaba con los gritos, las explosiones, los aviones cayendo, las ráfagas de
ametralladoras, aun sigo soñando con eso. Ya pasaron algo mas de 17 años, y no
lo puedo olvidar, no tengo trabajo y nadie quiere a un hombre en mi situación.
Todos los días, salgo a ver si puedo conseguir algo que comer, miro mi medalla,
“héroe de guerra”, eso era para los niños que me veían volar, eso era para el
gobierno de mi país, pero ya no existía, hoy, sigo arrepintiéndome de haber
querido ser libre, hoy soy un esclavo de una absurda guerra, tan solo por
cumplir mi sueño, que paso a ser una
pesadilla, poder volar.